Poesia de Pascua: El Limonero del Señor de Andres Eloy Blanco

El Limonero del Señor poema de Andres Eloy Blanco

En el siglo 19, en una ermita de Caracas, habia un Nazareno que la gente veneraba, la ermita se derrumbo para hacer el Teatro Nacional. A partir de ese momento en la ciudad no dejaron de haber epidemias y tragedias, según la historia el presidente de esa época mandó a construir el templo de Santa Teresa para que la imagen sea de nuevo venerada.

Se saca en procesión en Semana Santa desde ese momento, en una de ellas, se enrredo en un limonero y la gente agarro los frutos·  y tomaron limonada y todos (segun la leyenda) se curaron de la peste de ese año.
A continuación el poema que enaltece ese momento.

 

En la esquina de Miracielos
agoniza la tradición.
·¿Qué mano avara cortarí­a
el limonero del Señor?
Miracielos; casuchas nuevas,
con descrédito del color;
antaño hubiera allí­ una tapia
Y una arboleda y un portón.

Calle de piedras; el reflejo
encalambrado de un farol;
hacia la sombra, el aguafuerte
abocetado de un balcón,
a cuya vera se bajara,
para hacer guiños al amor,
el embozo de Guzmán Blanco
En algún lance de ocasión.

En el corral está sembrado,
junto al muro, junto al portón,
y por encima de la tapia
hacia la calle descolgó
un gajo verde y amarillo
el limonero del Señor.

Cuentan que en Pascua lo sembrara,
el año quince, un español,
y cada dueño de la siembra
de sus racimos exprimió
la limonada con azúcar
Para el dí­a de San Simón.

Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de dolor,
el Nazareno de San Pablo
pasaba siempre en procesión.

Y llegó el año de la peste;
morí­a el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor,
y en un hartazgo dilataba
su puerta ·«Los Hijos de Dios·».

La terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
Y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.

Y pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo, se agolpó.

Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.

En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí­ y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
·«·¡Oh Señor Dios de los Ejércitos.
la peste aléjanos, Señor!·»

En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; monseñor
el arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesí­as
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.

De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
·«·¡Milagro! ·¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor!·»
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.

Miracielos: casuchas nuevas;
la tapia desapareció.
·¿Qué mano avara cortarí­a
el limonero del Señor?
·¿Golpe de sordo mercachifle
o competencia del Doctor
o despecho de boticario
u ornato de la población?

El Nazareno de San Pablo
tuvo una casa y la perdió;
y tuvo un patio y una tapia,
y un limonero, y un portón;
·¡mal haya el golpe que cortara
el limonero del Señor!
·¡Mal haya el sino de esa mano
que desgajó la tradición!

Quizá en su tumba un limonero
floreció un dí­a de Pasión,
y una nueva nevada de azahares
sobre su cruz desmigajó,
como lo hiciera aquella tarde
sobre la cruz en procesión,
en la esquina de Miracielos,
el limonero del Señor.


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